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Película El evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini: El Cristo liberador contra toda opresión

En 1962, el creador y cineasta Pier Paolo Pasolini acudió a un congreso celebrado en Asís, donde cristianos y marxistas debatieron algunas partes de la Biblia. Religión e ideología intentaban acercar posturas, haciendo relecturas conjuntas y casi siempre encontradas, en busca de una materia común.

Fue entonces cuando Pasolini se enamoró del evangelio según San Mateo, que es el menos especulativo y el más concreto con respecto a la figura de Jesucristo. Le gustó sobre todo que no apareciese como un profeta de púlpito a quien los demás debían acercarse, sino como un viajero dispuesto a alimentarse por el camino y al mismo tiempo lo bastante determinado para entregar sus enseñanzas allí por donde pasase.

Cristo, a diferencia de otros viajeros, no era ni un conquistador ni un comerciante. Quería liberarse y liberar. Su tarea, claro, no era sencilla. Debía renunciar a su condición de hombre si quería recordársela a los demás.

Al año siguiente, Pasolini hizo un viaje a Palestina e Israel en busca de localizaciones para rodar poco después El evangelio según San Mateo, que en realidad se titula El evangelio según Mateo, quizá porque la santificación del personaje a él no le resultaba necesaria.

De aquel viaje surgió Sopraluoghi in Palestinaper il film “Il vangelo secondo Matteo” (1963), un mediometraje donde se traza el mapa real del camino que siguió Jesucristo hasta su muerte, mientras el nuevo estado de Israel desmontaba poco a poco la posibilidad de encontrar en él algún atisbo de las antiguas verdades.

Las alambradas, el ejército, los kibutzs y el arrinconamiento de los palestinos habían borrado la esencialidad de los paisajes, también habían borrado la espontaneidad de los seres humanos, aunque los niños árabes aún fuesen capaces de sonreír.

Con cada plano, Pasolini sólo apuntalaba la imposibilidad de filmar una historia real en un lugar así. Su intención no pasaba por articular el texto con el lenguaje cinematográfico sino con la realidad, si no quería caer en la tentación hollywoodiense de crear un espectáculo.

De alguna forma, Pasolini lo que intentaba mostrarnos era una versión antropológica más allá de nuestras escalas de poder, sin considerar a un pueblo inferior ante otro ni a un ser inferior ante los demás. Quería redefinirnos a través de una dignificación humana, oponiéndose a cualquier cosificación cultural o social.

A Pasolini le interesaron mucho las enseñanzas de Cristo, que convertían en bienaventurados a los que sufren y padecen necesidad, que intentaban fortalecer a los más débiles, que denunciaban la intransigencia de quienes detentan el poder, que denunciaban la falta de empatía y que celebraban el dolor como quien concibe la vida a partir de su descomposición.

Lo que hasta hoy mismo sigue resultando asombroso en esta película de Pier Paolo Pasolini es su falta de conciencia sobre lo que cuenta, convirtiéndose en lo que es a medida que avanza. Jesucristo no sabe que es Jesucristo desde el principio, lo descubre -al mismo tiempo que lo descubrimos los espectadores- mientras avanza por el desierto, sin un rumbo concreto pero en dirección su destino.

Por eso en tantos momentos se comporta como hombre, doliente ante sus padecimientos o iracundo ante la estupidez. Tiene sed, grita. Sonríe, se enoja. Habla, escucha. Camina, se para. De algún modo, el paisaje lo moldea igual que él moldea a quienes lo habitan, haciéndoles ver quiénes son y no quienes les han obligado a ser las circunstancias.

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