Los hechos de la salitrera San Gregorio ocurrieron hace 105 años, y todavía es posible encontrar testimonios del crimen del Estado oligárquico chileno que costó la vida a tantos trabajadores. El profesor Jaime Nelson Alvarado García desciende de uno de los testigos de tales episodios, y documentó la masacre obrera.
La oficina San Gregorio estaba enclavada en el extremo sur del Cantón de Aguas Blancas, a unos 125 kilómetros al SE de Antofagasta. En ese mismo distrito operaban –entre otras- las oficinas Pampa Rica, Yugoslavia, María Teresa, Petronila, Eugenia, Valparaíso, Bonasort, Santiago, Cota, Pepita, Avanzada y la lejana Rosario. Esta verdadera constelación de salitreros acudía al poblado de Yungay, donde disponía de tiendas, hoteles, garitos y casas de diversión. San Gregorio, después de la tragedia acaecida en febrero de 1921, cambió su nombre por el de Renacimiento y fue definitivamente destruida por un incendio, la noche del 18 de septiembre de 1939. Hoy solo quedan ruinas.
La crisis del salitre devino en el cierre de las oficinas, que debieron apagar sus fuegos, acarreando con ello la cesantía de miles de operarios. La abusiva legislación no consideraba el pago de finiquitos a los salitreros, quienes quedaban en la mayor de las indefensiones. Los enviaban al puerto, donde deambulaban hambrientos y andrajosos con sus mujeres y sus hijos. Acudían entonces a las ollas comunes, esperando que el gobierno los enviara por vía marítima a sus lugares de origen, lo que tardaba meses. Los pampinos de San Gregorio exigieron el pago de un finiquito, lo que -en principio- fue aceptado por la administración de la oficina. Pero la patronal cambió las reglas, se multiplicaron los desencuentros y la violencia estatal se desencadenó en una masacre cuyo número de muertos nunca se pudo precisar. Hay versiones que sostienen que fueron más de doscientos los salitreros acribillados por tropas del Regimiento Esmeralda.
El profesor Jaime Alvarado, quien escribió el libro “Sangre obrera en San Gregorio”, conoció el relato oral de su abuelo, quien participó como palanquero en el convoy que tuvo la dolorosa tarea de trasladar los cadáveres de los pampinos baleados por los militares. En el mismo tren fueron transportados los heridos que lograron sobrevivir a la revancha de la soldadesca y los prisioneros tomados por los militares y que fueron encarcelados y sometidos a proceso.
Como es habitual, el manejo de la información de la prensa fue acomodada de acuerdo a los fines empresariales. Pero, con propósitos ejemplares, los diarios de la época no eludieron los abusos y se expuso claramente la posición de la élite social ante los trabajadores que demandaban mejores tratos, remuneraciones justas y condiciones más seguras. A todas estas peticiones, la respuesta fue siempre la misma: las municiones del Ejército de Chile al servicio del capital.
El contexto político y social de la época ilustra la política represiva y antipopular del gobierno de Arturo Alessandri, quien asumió la presidencia con la promesa de cambios sociales. Sin embargo, la masacre en San Gregorio fue parte de una serie de represiones contra movimientos obreros y sindicales. El gobierno impuso medidas autoritarias para contener a los trabajadores, incluso justificando la represión con el argumento de mantener el orden y la propiedad.
Alessandri envió fuerzas armadas al lugar. Después de la masacre, el gobierno culpó a los trabajadores, mintió en comunicados oficiales, torturó a los detenidos y decretó estado de sitio y censura en la provincia.
La prensa de la época, incluyendo periódicos como El Diario Ilustrado, El Mercurio y La Nación, respaldó las acciones del gobierno y responsabilizó a los trabajadores, enfatizando la continuidad con las administraciones anteriores.
La masacre de San Gregorio da cuenta de la represión sistemática de los movimientos populares durante el gobierno de Alessandri, a pesar de sus promesas iniciales de cambio social.
