Una de las masacres ejecutadas por el Estado más desconocidas de la historia de Chile fue la ocurrida en Vallenar a fines de 1931, durante el gobierno del radical Juan Esteban Montero.
En el marco de un extraño complot contra el gobierno, el 26 de diciembre una treintena de personas intentó tomarse el Regimiento Esmeralda de Copiapó. Tras un intercambio de disparos que duró varias horas, terminó con la derrota de los asaltantes.
El mismo día, se recibieron noticias de un levantamiento en la ciudad de Vallenar, donde se organizó por parte de las autoridades y Carabineros una matanza de militantes comunistas. Según el informe del fiscal del ejército, el mayor José María Santa Cruz Errázuriz, a las 5:30 hrs. “a la llegada del tren de Copiapó a Vallenar, pocos metros antes que se detuviera en la estación descendió de él el comunista (Aníbal) Cuadra, que fue muerto por el agente 4° (Luis) Sepúlveda, previa doble intimación de llevar manos arriba” (Charlín; p. 513).
Posteriormente, se detuvo a otros siete supuestos comunistas que fueron llevados a un calabozo y ejecutados por orden del capitán Francisco Bull Sanhueza. Así, el fiscal Santa Cruz concluyó que “en el parte del capitán Bull se hace aparecer un combate ficticio sostenido por ellos y en el cual habrían perecido todos los que fueron detenidos y llevados al cuartel”. Más tarde se fue a detener a otro grupo que estaba reunido en una casa, quienes de acuerdo al fiscal, luego de haber sufrido cuatro muertes, fueron reducidos y llevados detenidos “en número de diecisiete, y sin habérseles siquiera interrogado, se les fusiló uno a uno en las inmediaciones de la ciudad, haciéndoseles más tarde aparecer como caídos en el sitio del combate (…) Todos los cadáveres fueron llevados a la morgue, y de ahí al cementerio, sin practicárseles autopsia ni identificación y sin permitirse que fuesen visitados por sus deudos. Posteriormente, y para justificar estos asesinatos, se falsearon los hechos y se obligó a la tropa a declarar en sentido determinado y se falsificó el libro de guardia”.
La masacre acabó sin culpables ni condenados. Incluso, un nuevo fiscal rechazó la petición del sastre de Vallenar, Zacarías Rojas, de exhumar los restos de los masacrados, por sospecharse que pudiesen haber sido más que los considerados inicialmente. El juez rechazó la petición de Rojas, “porque no llevaba firma de abogado”.
A su vez, El Mercurio y El Diario Ilustrado se hicieron eco de falsas versiones que se propalaron para justificar los sucesos. Así, el primero señaló que “personas que han llegado anoche a Santiago procedentes de Vallenar nos han hecho saber que los complotados tenían el propósito de hacer volar el edificio que ocupa la iglesia principal de Vallenar, mediante poderosos explosivos”. Y el segundo “informó” que los asaltantes del Regimiento Esmeralda de Copiapó, ¡habían ido desde Vallenar!: “En efecto, desde Vallenar salieron hacia Copiapó los elementos dirigentes de la poblada que intentó apoderarse del cuartel del Regimiento Esmeralda, apertrechados de armas en gran cantidad y particularmente de bombas de dinamita. Fracasada la intentona de Copiapó, los principales cabecillas del movimiento y parte de los fugitivos se dirigieron hacia Vallenar, estableciendo su cuartel general en la casa de la calle Serrano esquina de Maule de esa ciudad, la que fue atrincherada convenientemente para resistir a las fuerzas de Carabineros”.
En Santiago, el Senado rechazó por 23 votos contra 6 la propuesta del senador comunista Manuel Hidalgo de crear “una comisión que investigue e informe acerca de los sucesos ocurridos en Copiapó y Vallenar y de las causas que los han producido”.
Por su parte, el autoritario, oligarca y conservador El Diario Ilustrado, luego de los hechos editorializó que “Resulta indispensable proveer al Ejecutivo de medios adecuados para cohonestar la propaganda que engendra después el crimen. Nuestro diario -que luchó como ninguno por la libertad- aplaudió después la iniciativa del ministro Walker (conservador), tendiente a evitar la propaganda subversiva”.
La historia demuestra que no es ninguna novedad la enorme sintonía antipopular y de clase entre las representaciones políticas de la oligarquía, el poder judicial y los medios masivos de comunicación.
