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Chile. Sobreviviente del Servicio Nacional del Menor, Sename: «Salí de entre las llamas del infierno»

«La vida en mil pedazos» se titula el libro de Rodrigo Jesús Díaz Silva, escritor «formado por azares del destino», y que desde la cárcel reconstruye, a través, de las letras los sin sabores y amargas experiencias de su paso por el cuestionado SENAME (Servicio Nacional del Menor). Que cómo se ha ido develando con hechos concretos, es una de las instituciones más oscuras y macabras, qué representan el abandono por parte del Estado a una niñez dejada a su suerte en las mazmorras de la indolencia, de una sociedad individualista y excluyente.

« Salí de entre las llamas del infierno del Sename, y con orgullo hoy soy uno de sus rebeldes sobrevivientes, y aunque no tuve ninguna amable opción en mi accidentada vida, como muchos de los niños y niñas que pasamos por sus aulas de torturas, (siendo empujado a ser un delincuente y drogadicto, un vagabundo errante, en una sociedad que no se fijó en su momento en mi silueta de dolor, confusión y desesperanza), mi espíritu abrazó la esperanza y me llevó a exteriorizar esta lucha a través de la literatura entre mis letras, como escritor y como testigo, como una voz de súplica, ante tantas injusticias que debimos soportar cientos de niños y niñas vulnerados por nuestras propias familias y el Estado».

Parte del texto de presentación del trabajo de Rodrigo Jesús Díaz Silva, publicado en sus redes sociales.

«Cómo llegué a ser escritor»

«Desde los primeros años de mi sentencia, en el penal Complejo Cárcel de alta seguridad, Cerro la Pólvora de Valparaíso, fui instado a ser escritor por una señorita psicóloga de nombre Gabriela, joven de aspecto intelectual y cabello cobrizo, ( funcionaría civil del área técnica, entidad compuesta por profesionales encargados de la reinserción en Gendarmería de Chile ), y me aconsejaba ocupar constructivamente mi tiempo de incertidumbre y desesperación.

La señorita Gabriela había escuchado pacientemente y a grandes rasgos mi historia, durante varias sesiones que me rescataron de una psicosis nuclear, y me dió la idea de escribirla, para poder así exteriorizar esa sensación de sofocación mental que me invadía.

Al principio lo consideré ingenuo y ridículo, porque la idea no era tan solo escribir mi historia, sino también transformarla en un libro, con el cual además, podría quizás encontrar un lugar dentro de la sociedad que había yo irrespetado, y posiblemente un lugar dentro de mi ser, una identidad, un alma, que hasta ese momento yo percibía abstractamente… Pensé que sin estudios primarios, ( hasta ese momento sólo había llegado a sexto básico ), ni formación moral ni intelectual de ningún tipo, era imposible siquiera imaginar crear un libro, y me dije con tristeza.

–¿Yo?, ¿¿¿escribir un libro??? noooo…

La señorita Gabriela me convenció de escribir como terapia. Me facilitó papel, lápices, y no me di cuenta cuando me lancé a esas páginas en blanco que dieron vida a mis letras…

Varias veces las distintas rondas nocturnas de los funcionarios gendarmes, me sorprendieron escribiendo en la penumbra de mi celda, donde en la madrugada llegaba un haz de luz suave a través de la ventana abarrotada que provenía de un foco de luz artificial del patio. Y me recomendaban dormir, pero yo ya estaba hipnotizado hilando letras que brotaban con todo lo que tenía enclaustrado en mí…

Durante el día caminaba por el patio, pensando en infinitas cosas que no tenían solución. Teníamos que estar en el patio todo el día, porque no estaba permitido subir al edificio de las celdas hasta el horario de la cuenta a las 17 p.m., hora del encierro. Así que caminar era de las mínimas opciones, y a mí me gustaba, porque había aire marino que chocaba contra mi rostro, helándome mis orejas, y podía ver el vapor que salía de mi boca al respirar entre la fría niebla porteña. De vez en cuando detenía mis pasos para recoger unas pequeñas piedras de cuarzo blanco que encontraba entre la arenilla del suelo… Sí, había arena, aunque eso no duraría mucho supongo, en cuanto a seguridad, ya que como entregaron la cárcel forzosamente rápido, no alcanzaron a terminar algunos detalles como lo de cementar los patios. De hecho a los pocos días de haber inaugurado el recinto penitenciario de más alta seguridad en Sudamérica, se fugó un interno… Al parecer no estaban activadas las alarmas electrónicas, lo cual evidencia que, en fin, que nada es perfecto…

Fue todo un fenómeno lo que comenzó a ocurrir al derramar sobre papel mis primeras letras entintadas. Un día de esos, uno de mis compañeros de celda tuvo curiosidad de leer lo que yo había estado escribiendo, así que mientras yo proseguía mi labor, me di cuenta que mi compañero esperaba que yo grabara de letras la siguiente página, y no podía contenerse de leerlas de inmediato, mientras yo escribía la siguiente…y esto prosiguió así durante días, pero lo extraordinario para mí, fue que de pronto mis otros tres compañeros de pieza se habían transformado en mis primeros y leales lectores…

Un desconocido ego de escritor comenzó a desarrollarse en mi, la certeza del poder vital que emana de la escritura, las imágenes, los movimientos, gestos, y las emociones, este modo de percepción, esta forma de aferrarse a la vida que son cada letra… Y cómo no iba mi ego a estimularse, si un porcentaje importante de los cerca de trescientos internos que habíamos en el módulo 111, estaban leyéndome… Todo se transformó en una inesperada aventura, y esta pasión de crear letras empapadas de mis experiencias de vida, se acentuó más luego de cada conversación que sostuvimos con la señorita psicóloga Gabriela, a quien le iba confiando cada página a la que yo le daba vida, y ella leía todo, lo que se traducía en intensas conversaciones, que servían para escarbar más en mi memoria…

Internos que hasta ese momento yo desconocía, comenzaron a saludarme todos los días en el patio, y me invitaban a tomar mate amargo a sus » carretas «, ( territorio en el patio donde permanecen durante el día cada interno ), aunque a mí no me gustaba mucho sociabilizar, me veía obligado a establecer cierta comunicación por una cuestión de cordialidad, así que me quedaba un rato, respondiendo huracanes de preguntas curiosas de lo que yo había comenzado a escribir, dando inicio sugerente diciéndoles :

– Mi origen social fue entre prostitutas, drogadictos y ladrones…

... Y la mayoría de los que fuimos delincuentes comenzamos así…

Cuando subía por las tardes hasta mi celda, mis compañeros se preocupaban de que yo me sintiera cómodo, incluso ponían música al gusto mío para facilitar mi inspiración al escribir, luego comíamos algo y ya, me dedicaba a escribir para mis lectores, quienes literalmente devoraban lo que escribía…

Antes de bajar por las escaleras hacia el patio, varios internos aprovechábamos de mirar escapando a través de unas ventanillas abarrotadas en el muro, y claro, estábamos en las alturas del cerro La Pólvora, por lo tanto era golpeadora la visión que se presentaba ante nosotros, todo el borde costero de la Quinta Región… Ahí se podía ver sin esfuerzo, cómo rompían las olas en los roquerios, y también unas embarcaciones… Aaah, y respecto al horizonte, por lo menos yo lo veía distante, evasivo e infinito…

Yo había comenzado a nadar en este desafiante océano literario, y muy probablemente las circunstancias me deparaban ser arrasado por olas gigantescas e inevitables, de este mar que sólo quería tragarme y desmoleculizarme…

Debía yo intentar cruzar como sea sin rendirme estas marejadas, y por lo menos ahora llevaría la bitácora de mi vida, y antes de escribir, no tenía nada»…

– Extracto de la autobiografía de Rodrigo Jesús Díaz Silva –

«en la forma de estas letras, que hoy claman a la conciencia social, y me presento dignificado por mi esfuerzo ante mi pueblo, en este instante de mi vida, con este humilde logro como ofrenda a la sociedad a la que alguna vez fallé, al intentar sobrevivir ante su abandono y los abusos de una de sus instituciones, robando, mintiendo, engañando, delinquiendo, drogándome, entre los laberintos de tanta perdición que no quise…»

Parte del texto de presentación del trabajo de Rodrigo Jesús Díaz Silva, publicado en sus redes sociales.

El libro de Rodrigo Jesús Díaz Silva «La vida en mil pedazos», es un primer proyecto de tantos que tiene en mente, como el desarrollo de talleres y revistas de literatura al interior de los penales penitenciarios que sirvan de programa piloto de rehabilitación, para la recuperación del «individuo extraviado, delincuente o drogadicto, infractor de ley», -asegura desde su Facebook-, y otros tantos que ha ido concretizando en lo personal, como la regularización de los estudios, que orgullosamente transmite a sus seguidores: «todo lo que me enseñaron funcionarios, asistentes sociales, psicólogas, sociólogos, profesor@s, agentes pastorales, y uniformados de Gendarmería de Chile estando yo en el sistema penitenciario chileno cumpliendo condena, donde encontré un mundo hacia mi libertad e introspección por medio de lo que me brindaron con sus vocaciones profesionales. En agradecimiento y con el empuje de mi ahora propia vocación, quiero lograr que tengamos mediante este taller de literatura, un programa oficial con garantías constitucionales de rehabilitación de niños y adultos, y propongo que la literatura sea la base de este programa…«

«La Vida en mil pedazos» lo puedes adquirir de forma digital directamente con su autor y seguir sus publicaciones en el fanpage de facebook .

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