Chile. ¿Y cuánto cuesta la zanja?

Por Andrés Monares

En un debate presidencial el candidato ultraderechista planteó una de sus políticas sobre inmigración de su Programa de gobierno: cavar una gran zanja en la frontera norte para impedir el paso de las personas.

Sí, es cierto. Lo dijo en serio.

En un país democrático y teniendo un mínimo de conocimiento de los procesos migratorios ―con todos los problemas y dramas que hay detrás―, el panel de periodistas reaccionaría, por último, irónicamente. Después de todo son profesionales de la información con amplia experiencia en medios.

Sin embargo, no fue así. Una periodista-rostro lo interpeló e imaginamos que creyó que lo puso en jaque. Para ella el punto en verdad relevante ―¿o lo único en cuestión?― era… ¡cuánto costaría la zanja!

En todo caso, en otra ocasión la misma profesional había defendido los altísimos salarios de los congresistas porque impedirían la corrupción. No es cuestión de ética o patriotismo. Sencillamente, como ya tienen dinero suficiente, rechazarán las coimas. Fuera de lo ingenuo del argumento ―fruto de la “lógica interna de la teoría” económica dominante― en el último tiempo se han conocido numerosos casos de corrupción en ese Congreso sobrepagado.

Mencionemos ahora otro episodio en la misma línea dado en esta campaña presidencial: en una entrevista el candidato socialdemócrata olvidó unas cifras. Hecho que causó revuelo y dio pie a numerosas críticas. No es mi intención hacerle campaña, pero no deja de llamar la atención tanto alboroto; incluso o más, entre gente que es crítica del modelo. Pues, uno podría pensar que sería imperdonable no saber qué se busca al financiar una política pública específica. Pero no. No es eso lo importante en nuestro país.

Me parece ridículo esperar que un candidato, y sinceramente hablo de cualquier candidato, memorice todas las partidas presupuestarias de su programa de gobierno. Cuando, por lo demás, como candidato tiene y luego como presidente tendrá una gran cantidad de asesores, expertos y técnicos a su disposición.

Más patético aún me parece que la medida de la capacidad de alguien sea manejar cifras. Los tecnócratas expertos en números ya nos han demostrado con creces y por décadas su mediocridad, falta de criterio y principios. Me imagino que todos conocemos pelmazos con buena memoria y facilidades para sacar cuentas[1].

Con estas anécdotas, nuevamente, quiero destacar que el país ya tiene interiorizada o naturalizada la mirada economicista[2]. Incluso luego de que Chile supuestamente despertara el 19 de octubre de 2019, somos parte de una especie de megacurso de ingeniería comercial. De alumnos penquitas eso sí. De esos que no les importa aprender ni desarrollarse intelectualmente, sino sacar cuanto antes el título para salir a ganar platita.

Somos como una generación que egresó asumiendo, sin tomarle el peso, la peligrosa mediocridad de que solo cuentan los medios y no los fines. Por eso es lógico que el costo de la zanja sea más relevante que la política de migración y ni qué decir de los DDHH. Por eso es manifiesto que las cifras exactas son más importantes que la contribución de ese dinero a una política de gobierno.

¿El país despertó realmente? Curioso o triste terminar pensando como querían los Chicago boys. Chile fue colonizado ideológicamente.

A esa perspectiva economicista que ha encubierto violaciones al libre mercado y al propio liberalismo, se ha venido a sumar otro virus. Uno que, tal como el anterior, debería ser una urgente preocupación para la derecha.

Se trata del (filo)fascismo. Para ser sinceros este ya está hace rato presente en la autoritaria cultura chilena, siempre ávida de un líder que traiga “orden” gracias a la “mano dura”. Sin embargo, la candidatura de Kast ha venido a ayudar en el avance de su naturalización.

Porque ―y no digo nada nuevo―, ya no es necesario vestir camisas pardas o negras, ni apalear indeseables[3]… Y, por lo demás, saben que hoy no es posible gritar al mundo su odio, salvo en la fosa séptica de las RRSS. Estamos ante una ultraderecha edulcorada y con un candidato que hasta puede ser simpaticón en público. Por ahora, al odio se le disfraza de preocupación por el país.

Tal como a mediados del siglo XX, es esperable que cuando tengan más confianza y fuerza dejarán de fingir.

El problema acá, tal como en el caso de la traición al liberalismo económico de nuestra derecha “liberal”, es que otra vez queda en evidencia su felonía a las que se suponen son sus propias convicciones. Se sabe que por definición, en el mundo real y normal fuera de nuestras fronteras, el liberalismo es enemigo, no adversario, del fascismo. Y viceversa.

Pero, nuestra derecha se sacó la máscara. Ya un grupo ha emigrado hacia el candidato ultraderechista y el resto sigue expectante para darle su apoyo si pasa a segunda vuelta. Porque en su afiebrada imaginación o descarada inmoralidad, afirman luchar contra la extrema izquierda y el proyecto comunista del candidato… ¡socialdemócrata! Nunca fueron liberales ni demócratas[4].

Sí, así de patéticos o mentirosos. Mas, ¿quién podría extrañarse? Los conocemos. Desde 1990 vienen intentando disfrazarse de liberales y demócratas.

Así, nuestra derecha hace la vista gorda con la cercanía del candidato a Trump y Bolsonaro, la zanja, la desigualdad de derechos, el (encubierto, pero obvio) proyecto de deslaicización de la sociedad en pro del fundamentalismo católico y evangélico, la coordinación sudamericana para perseguir personas por sus ideas, el apoyo a criminales de lesa humanidad y a la dictadura… y, ¡por si ya no fuera demasiado!, lo que no soporta análisis de cualquiera que se diga liberal o demócrata: la potestad presidencial para ordenar la detención de ciudadanos y retenerlos por cinco días en recintos que no sean cárceles.

Para ir terminando: la pregunta por el costo de la zanja no solo da cuenta de un pésimo periodismo, ni de la generalizada naturalización del economicismo. También es ejemplo de la colonización ideológica del país por el fascismo.

Entiendo que Ud. me crea alarmista. Más, solo le recuerdo que otros locos no empezaron matando gente, sino tomándose unos schop en una cervecería de Münich.

[1] Ernesto San Martín, director del Laboratorio Interdisciplinario de Estadística Social de la PUC, habla acertadamente de “datismo” para describir esa tendencia a sobrestimar cifras sin considerar los principios con que se concibe un dato, se recoge y se interpreta… porque los datos hablarían por sí solos. De hecho, San Martín estima que “Si los datos te hablan, consulta un psiquiatra”.

[2] Este tópico ya lo hemos tratado antes en “Medios y fines: ojalá el tesorero pudiera ser como un dentista” y en “El regreso de los maestros de la política del Excel”. Es más, me parece triste (y aburrido) tener que insistir en el tema.

[3] En general, el listado de esos indeseables es conocido. No obstante, nunca debe olvidarse que los fascistas están siempre prestos a agregar más personas y grupos a la nómina.

[4] El apoyo al fascismo se deja ver, asimismo, en la desatada campaña comunicacional a favor de Kast: medios y encuestas lo potencian ante la opinión pública. Los mismos que afirmaban un empate entre el Rechazo y el Apruebo… y ni se arrugaron ni se disculparon luego del aplastante 20% versus 80% final.

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