Chile Lucha y Memoria. Un puñado de versos y canciones para Salvador Allende, el Presidente de las y los trabajadores

El Presidente de las y los trabajadores, Salvador Allende, cayó en La Moneda el 11 de septiembre de 1973, hace 48 años.

Su coherencia inclaudicable, su ejemplo planetario, el fuego y el agua de su voluntad popular, hasta hoy recorre las calles y plazas del mundo, como lámpara que extiende sus luces a través de los años y de los pueblos del mundo.

He aquí, homenaje modesto a su memoria viva, un puñado de versos y canciones que inspiraron su figura.

Allende (Mario Benedetti)

Para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que congregar todos los odios
y además los aviones y los tanques
para batir al hombre de la paz
tuvieron que bombardearlo hacerlo llama
porque el hombre de la paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
tuvieron que desatar la guerra turbia
para vencer al hombre de la paz
y acallar su voz modesta y taladrante
tuvieron que empujar el terror hasta el abismo
y matar más para seguir matando
para batir al hombre de la paz
tuvieron que asesinarlo muchas veces
porque el hombre de la paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
tuvieron que imaginar que era una tropa
una armada una hueste una brigada
tuvieron que creer que era otro ejército
pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo
y tenía en sus manos un fusil y un mandato
y eran necesarios más tanques más rencores
más bombas más aviones más oprobios
porque el hombre del paz era una fortaleza

para matar al hombre de la paz
para golpear su frente limpia de pesadillas
tuvieron que convertirse en pesadilla
para vencer al hombre de la paz
tuvieron que afiliarse para siempre a la muerte
matar y matar más para seguir matando
y condenarse a la blindada soledad
para matar al hombre que era un pueblo
tuvieron que quedarse sin el pueblo.

Che Salvador (Eduardo Mazo)

Recuerdo,
ya de niño,
me hablaban de un país
estriado hacia el pacífico,
me decían que Chile era un perfil
de cara a la esperanza,
que su gente andaba sin apuro
forcejeándole al sol
cada mañana.

Luego,
cuando los años
se nos vinieron del oeste,
supe que Chile era un hermano nuevo,
original y hermoso,
que Chile era un silencio
y un murmullo,
una costa infinita
de este lado del mundo
y un motivo de lucha
de este lado del triunfo.

Y había un hombre
(que era decir un pueblo),
con su traje de calle
y sus ojos de abuelo,
un hombre salvador,
un che
de saco y de chaleco,
un revolucionario
con bolas y pellejo
que supo ir a la muerte
como quien descubre un sueño
y se llenó de Chile,
ese país que es nuestro.

Yo se que estás peleando,
che Salvador, eterno.

Allende (Carlos Henrickson)

En la duermevela los sueños se filtran.
Revive en el aire la República –el sueño
de una ciudad armada hasta los dientes, que tuvo
un griego–, y se ve, como espejismos
en plena luz de aurora, la larga mesa
cubierta de vino y manjares, las antorchas
en los muros, el esclavo leyendo
los poemas de Homero. Toda duermevela
es peligrosa. Allá afuera los muchachos
dan al aire las cartas. Hay quien quiere
su victoria cada día ondeando como bandera
bajo el viento de la historia, y quien
repartir sonrisas por oficio y quien
su derrota de siempre, atesorada. La palabra
República se recorta violentamente
tras la luz perversa y fantasmal de cuanto invento
la pesadilla de este país –el tuyo, Allende-
ha creado año tras año, en dos siglos
largos y tediosos. Toda duermevela
es peligrosa, Allende. El aplauso del día,
la palma victoriosa, caerá sobre ese relámpago
de pelo hirsuto. El tiempo de los lobos
se ha iniciado esta madrugada de martes;
y el bello sueño de la República no puede
caer como una presa en el hocico hipócrita
de un prusiano fingido. Vuelen con tus sesos
los sueños griegos, venga el día real de la sombra
y la escaramuza bajo los cielos enrojecidos,
váyase todo ese humo de palabras
que tu casa echó al mundo, hasta el otro borde
de los espejos, la dulce patria de los duendes
y las blancas ovejas.

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