El artículo de la poeta Gabriela Mistral “La Cacería de Sandino”, a 87 años de la muerte del héroe nicaragüense y latinoamericano

En el 87 Aniversario del Tránsito a la Inmortalidad del General de Hombres y Mujeres Libres, Augusto C. Sandino, asesinado a traición el 21 de febrero de 1934 por la Guardia Nacional, por orden del dictador Anastasio Somoza García, les presentamos “La cacería de Sandino”, de la poeta, escritora e intelectual chilena Gabriela Mistral, Premio Nobel de la Literatura en 1945.

Se trata de un breve artículo redactado en Nueva York el 7 de junio de 1931, en el cual Gabriela Mistral expresa toda su indignación, al enterarse que el entonces presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, había declarado a Sandino “fuera de la ley”. Esta declaración, opinaba la intelectual chilena, demostraba una vez más que la administración estadounidense consideraba el territorio nicaragüense como propio, ignorando deliberadamente quién era en realidad Sandino y qué representaba su lucha.

En su reflexión, Gabriela Mistral denunciaba el papel que jugaba la prensa estadounidense, en especial los semanarios neoyorquinos, que retrataban al General como un “bandido”; por su lado,  reafirmaba su apoyo a la legitimidad de la lucha de Sandino, que ella definía como un héroe. Y finalmente concluía que lo único que iba a conseguir el presidente Hoover, sin buscarlo, era que los pueblos latinoamericanos se sintieran más unidos que nunca e inspirados por ese gran ejemplo de valor y dignidad.

No era primera vez que Gabriela Mistral había escrito sobre el General Sandino y su lucha: entre 1928 y 1930 se había expresado en varias ocasiones protestando en contra de la invasión norteamericana en Nicaragua. Sin embargo, en 1931, su voz se levantó en contra de esa declaración de Hoover, que sonaba como condena a muerte, casi cuatro años que se concretizara a mano de la Guardia Nacional.

Aquí el texto de la Mistral:

La Cacería de Sandino

Mister Hoover ha declarado a Sandino “fuera de la ley”. Ignorando eso que llaman derecho internacional, se entiende, sin embargo, que los Estados Unidos hablan del territorio nicaragüense como del propio, porque no se comprende la declaración sino como lanzada sobre uno de sus ciudadanos “Fuera de la ley norteamericana”.

Los desgraciados políticos nicaragüenses, cuando pidieron contra Sandino el auxilio norteamericano, tal vez no supieron imaginar lo que hacían y tal vez se asusten hoy de la cadena de derechos que han creado al extraño y del despeñadero de concesiones por el cual echaron a rodar su país.

La frase cocedora de Mr. Hoover suena a ese Halalí de las grandes cacerías, cuando sobre la presa que ha asomado el bulto en un claro del bosque, el cuerno llamador arroja a la jauría. Es numerosa la jauría, esta vez hasta ser fantástica: sobre unas lomas caerán cinco mil bombas y decenas de aeroplanos. También equivale la frase a la otra de uso primitivo: “Tantos miles de pesos por tal cabeza”, usada en toda tierra por los hombres de presa.

Lástima grande que la cabeza enlodada del herrero, que la prensa yanqui llama de “bandido”, sea, por rara ocurrencia, una cabeza a la cual sigue anhelante el Continente donde vive toda su raza y una pieza que desde Europa llaman de héroe nato, y de criatura providencial los que saben nombrar bien.

El herrero se parece más a Hércules que al Plutón infernal que ve Mr. Hoover. Enlodado corre por las cuchillas, a causa de los pantanos en que ha de escurrirse como culebra; carga las dos o tres pistolas que le dan las fotografías malignas de los semanarios neoyorquinos porque corre perseguido por los ajenos y los propios, y cada árbol y cada piedra de su región le son desleales; y su defensa toma aspecto de locura porque vive un caso fabuloso como para voltear a cualquiera la masa de la sangre.

Desde los años 1810, o sea desde el aluvión guerrero que bajó de México y Caracas hasta Chile, rompiéndolo todo para salvar una sola cosa, no habíamos vivido con nuestra expectación un trance semejante.

Mr. Hoover, mal informado a pesar de sus veintiún embajadas, no sabe que el hombrecito Sandino, moruno, plebeyo e infeliz, ha tomado como un garfio la admiración de su raza, excepto uno que otro traidorzuelo o alma seca del Sur. Si lo supiese, a pesar de la impermeabilidad a la opinión pública de la Casa Blanca (la palabra es de un periodista yanqui), se pondría a voltear esta pieza de fragua y de pelotón militar, tan parecida a los Páez, a los Artigas y a los Carreras, se volvería, a lo menos, caviloso y pararía la segunda movilización.

El guerrillero no es el mineral simple que él ve y que le parece un bandido químicamente puro; no es un pasmo militar a lo Pancho Villa, congestionado de ganas de matar, borracho de fechoría afortunada y cortador de cabezas a lo cuento de Salgari. Ha convencido desde la prensa francesa y el aprecio español hasta el último escritor sudamericano que suele leer, temblándole el pulso, el cable que le informa de que su Sandino sigue vivo.

Tal vez caiga ahora esa cabeza sin peinar que trae locas las cabezas acepilladas de los marinos ocupantes; tal vez sea esta ocasión la última en el millar de las jugadas y perdidas por el invasor. Ya no se trata de una búsqueda sino de una cacería, como decimos.

Pero los marinos de Mr. Hoover van a recoger en sus manos un trofeo en el que casi todos los del Sur veremos nuestra sangre y sentiremos el choque del amputado que ve caer su muñón. Mala mirada vamos a echarles y un voto diremos bajito o fuerte, que no hemos dicho nunca hasta ahora, a pesar de Santo Domingo y de Haití: “¡Malaventurados sean!”.

Porque la identificación ya comienza y a la muerte de Sandino se hará de un golpe quedándose en el bloque. El guerrillero es, en un solo cuerpo, nuestro Páez, nuestro Morelos, nuestro Carrera y nuestro Artigas. La faena es igual; el trance es el mismo.

Nos hará vivir Mr. Hoover, eso sí, una sensación de unidad continental no probada ni en 1810 por la guerra de la Independencia, porque este héroe no es local, aunque se mueva en un kilómetro de suelo rural, sino rigurosamente racial. Mr. Hoover va a conseguir, sin buscarlo, algo que nosotros mismos no habíamos logrado: sentirnos uno de punta a cabo del Continente en la muerte de Augusto Sandino.

(Nueva York, 7 de junio de 1931)

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