Protesta Nacional 5 / S y Federación CCU: “Las fuerzas sociales retoman su lugar en la historia”

La convocatoria fue amplia. Desde la Central Unitaria de Trabajadores, hasta organizaciones antifascistas, movimientos progresistas y procesos anticapitalistas en lucha, concitaron el comienzo de la reunión virtuosa de todas las luchas.

Las luchas distintas comienzan a converger contra los efectos depredadores e inhumanos del régimen capitalista y sus administradores. Diversas ciudades a lo largo de Chile amanecieron con barricadas, impidiendo el normal tránsito vehicular este 5 de septiembre. Por ejemplo, la protesta en Temuco combinó el derecho ancestral del Pueblo Nación Mapuche por su autonomía y territorio, con reivindicaciones de participación política distinta a una democracia restringida y tutelada. En Quinteros-Puchuncaví, la comunidad paralizó por el agua envenenada proveniente del parque industrial que la castiga una y otra vez, sin la menor preocupación del gobierno central.

En Santiago, marchas provenientes de los cuatro puntos cardinales confluyeron en el centro de la metrópolis andina. Pero fueron marchas con obstáculos. Ilegalizada la manifestación por una administración estatal cuya aprobación se derrumba en todos sus aspectos para la opinión pública, el despliegue de Fuerzas Especiales de Carabineros fue similar al de los tiempos bravos de la tiranía pinochetista. Sólo el pasado 2 y 3 de septiembre, debido al éxito del proyecto de ley en la comisión de Trabajo de la cámara de diputados sobre modificar la jornada laboral de 45 a 40 horas semanales, el régimen de extrema derecha amenazó con acudir al Tribunal Constitucional (suprapoder impuesto en la Constitución de la dictadura militar que aún opera como normativa matriz de los gobiernos civiles) para echar abajo una eventual ley que beneficiaría a millones de asalariados. Igualmente, el gobierno amenazó con un ‘veto presidencial’, de prosperar la legislación. Sea por uno u otro camino, de destruir vía secretaría una medida bienvenida por la inmensa mayoría de la población, terminaría de develarse la dependencia de una institucionalidad secuestrada por los intereses de los grandes grupos económicos, e intensificadora y continuadora de la contrarrevolución ultra liberal inaugurada hace casi medio siglo en Chile. En otras palabras, finalmente se derrumbaría la ficción de la existencia de una democracia representativa en el país.

La convocatoria fue amplia. Desde la Central Unitaria de Trabajadores, hasta organizaciones antifascistas, movimientos progresistas y procesos anticapitalistas en lucha, concitaron el comienzo de la reunión virtuosa de todas las luchas. Lejos, los jóvenes estudiantes secundarios, en la mira del Estado policial y empresarial chileno, fueron los grandes protagonistas de la jornada. Su empeño justo, sus modos de organizarse, su valor incombustible, sus cualidades y su número, detuvieron largamente la Alameda, pese a la represión focalizada que concentraron los piquetes de las Fuerzas Especiales en su contra y en contra a su derecho a la protesta.

Por eso, de acuerdo a la organización de Derechos Humanos Sutra, cientos fueron los detenidos, agredidos, gaseados y empapados con sofisticadas armas represivas, mezclas de tóxicos con agua, gas pimienta y golpes.

Finalmente, la protesta nacional del 5 de septiembre cumplió su objetivo. Demostró el descontento manifiesto y estructural de los sectores populares más conscientes de sus derechos por conquistar. Desde los laborales, hasta los medioambientales, antipatriarcales, económicos, culturales. Paulatinamente, como indicó Rodrigo Oyarzún, Presidente de la Federación de Trabajadores de la CCU, empresa del poderoso grupo económico Luksic, “las fuerzas populares retoman su lugar en la historia”.

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